La excelencia artística exhala un aliento que conmueve y transfigura; ejerce su poder de atracción en las muchas formas que logran modelarla, y continúa vibrando aun si sus creadores culminan el recorrido que simboliza los ciclos de la vida. De esta sustancia son las obras que cosechan frutos en los tiempos siempre nuevos de las generaciones que alternan reposos y fatigas.

La estima que se le puede tributar a un escritor se acrecienta cuando sus obras se ocupan en plasmar vivencias profundas; a pesar de los trastornos y las supresiones que acarrean las modas literarias, la recepción de sus libros se prolonga más allá del aprecio de sus contemporáneos. Las ediciones sucesivas y los estudios críticos dedicados a sus producciones se suman para enmarcar la fuerza de su dignidad estética.

Por encima de las modas literarias que elevan y hacen sucumbir nombres cuyos rastros se esfuman sin remedio, el escritor alicantino José Martínez Ruiz Azorín (1873-1967) hizo concordar las ansias renovadoras de su escritura con los recursos estilísticos que hacen de ella una herencia perdurable. En La voluntad, novela publicada en 1902, se encuentran los elementos fundamentales que caracterizaron definitivamente el conjunto de su obra: la claridad de la expresión, la sobriedad, las pulcras descripciones de objetos y ambientes que, por la elocuencia de sus detalles y su riqueza sensorial, lo sitúan en un rango que muchos anhelan pero no cualquiera alcanza con fortuna.

La observación del hecho literario es un motivo recurrente en las páginas de este libro, como corresponde a la obra de un escritor que hace recaer en un personaje afín a su experiencia el papel protagónico de su novela; en capítulos breves discurre la intensidad de un caudal reflexivo que examina tópicos diversos e inercias sociales, desde la perspectiva de un joven intelectual cuyo interlocutor más tenaz es un viejo maestro que ha visto apagarse los bríos de su talento a la vera de sistemas de pensamiento nutridos en los saberes del mundo occidental, quien influye decisivamente en su discípulo con enseñanzas filosóficas y sociológicas, naturalistas e históricas.

La anécdota y la peripecia se sostienen en una urdimbre conceptual que toma como base los titubeos de la voluntad del individuo, la cual encaja como la representación colectiva de un país entero. La hipertrofia de los sucesos de la vida pueblerina consagra pasos en falso como itinerario cotidiano, como rémora que apenas acoge el pesimismo y el desasosiego, el tormento de los deseos frustrados y el sinsabor del entusiasmo ausente. Las ideas de Schopenhauer son en ella una referencia constante.

El personaje central vive a fondo su perfil de creador artístico que se sumerge en la redacción de los medios de prensa, compone discursos en homenaje de escritores eminentes del pasado y rememora las conversaciones de su extinto maestro, quien le hacía ver los espejismos de la gloria literaria; se decepciona de la mezquindad y de las frívolas maneras de muchos colegas suyos. Al releer viejas colecciones de periódicos advierte los efectos del tiempo que pulveriza páginas y arrasa la tersura de crónicas que en su momento juzgó dignas de encomio: las encuentra grotescas y ampulosas, aunque también es verdad que los lectores de cualquier época podrán hallar escritos ya envejecidos en su propio presente, sin darse a esperar diez años para mostrar su carencia de brillo y el estancamiento de su fluido vital.

El Azorín autor (que aún no firmaba como tal) transfiere al Azorín personaje su genuina preocupación en desarrollar las sutilezas del estilo, y con tal motivo, la historia literaria ofrece la variedad de sus frutos para guiar el juicio estético. Las meditaciones del protagonista en un café de Toledo hacen resonar en su conciencia vehementes ideas del maestro Yuste; así formula sus propios razonamientos contrastando las plumas del Arcipreste de Hita y de Fernando de Rojas, y esto lo lleva a discernir los impulsos que en su opinión separan la palabra sugestiva y luminosa del renglón descolorido y rígido, a pesar de las cualidades que pudieran compartir en otros aspectos.

Puede objetarse que la abundancia de apreciaciones de este cariz inhibe los privilegios de la acción en una obra narrativa, pero la literatura no es hija de esquemas inmutables ni de los caprichos y las sobradas impaciencias de algunos lectores habituados a un modelo predominante que tampoco puede aceptarse como sello universal.